La felicidad blastocística.

www.proyectosnoru.comDurante la primera semana de vida, el embrión se vale por sí mismo. En el cuerpo que era el óvulo encuentra toda la substancia que necesita para vivir mientras hace el primer viaje de su vida, progresando por la trompa uterina hasta la bóveda del útero. Hasta el décimo día de vida, no se implantará en el cuerpo materno. Durante este tiempo, el embrión experimenta la auténtica sensación de ser uno mismo.

Es cierto que está flotando en un ambiente concreto, en el cuerpo de su madre, pero no intercambia ningún tipo de substancia, más allá de algunas moléculas que él emite para informar al útero de que está ahí.

Frank Lake, psiquiatra, terapeuta e investigador de la consciencia prenatal de los años 70, logró llevar a sus pacientes a experimentar la memoria del embrión; se centró en lo que sucedía inmediatamente después de la concepción. En sus informes plantea que una de cada tres personas sometidas a su terapia, experimenta una “felicidad blastocística” a medida que el reciente embrión avanza libremente hacia el útero materno, reportando que la sensación es de no haber tiempo ni espacio, ni luz ni oscuridad, ni arriba ni abajo, ni masculino ni femenino… “sólo la maravilla experiencial de un estado absolutamente monístico. Es como si yo abarcara todo el universo; ello es yo y yo soy ello.”

Quizás esta vivencia de ser uno, esta plenitud es lo que tratamos de recuperar a través del trabajo de curación del trauma, del crecimiento personal (bien entendido), de los procesos de terapia transpersonal, en los que encontramos de nuevo la sensación de integridad y unidad. Con suerte esta vez plenamente abarcadora: universal.

Me recuerda a cuando el IChing habla de la independencia interior, y de cómo ésta lleva a sentirse en comunión con el Sabio.

El ser uno mismo es algo que estaremos ejercitando durante toda nuestra vida. Cuando establecemos el centro de gravedad dentro de nuestro cuerpo al ponernos en pie, estamos diciendo Yo soy yo mismo. Durante todo el desarrollo de la vida labramos el proceso de individuación; el bebé que aprende a plantarse sobre sus propios pies, el niño que aprende a referirse a sí mismo como “yo”, el adolescente que reafirma su independencia, el adulto que elige una forma de vida… parece que vivimos entrenando nuestra conciencia en la comprensión de lo que es Ser uno. 

Ken Wilber señala en su libro Después del Edén; que quizás vivir esta época de cultura puramente individualista y separada, aislada de los demás y de la naturaleza, sea otra manera de explorar este “ser uno”, con la esperanza de que podamos, gracias al aprendizaje, llevar nuestra consciencia al Ser Uno con todo, como intuimos que sucede en el paraíso.

Parece que a medida que nos acercamos a la muerte y vamos completando el ciclo de la vida, va regresando a nosotros esta paz intrínseca al saber que todo está en orden, que un día desapareceremos como individuos, para volcarnos de nuevo al gran flujo de la materia y la energía.

Parece que esta sensación de unidad es lo que paradójicamente buscamos cuando nos relacionamos con los otros. Pero nuestro cuerpo ya ha experimentado, en una etapa muy primitiva pero cierta, lo que es realmente ser uno mismo, un ser humano entero, íntegro. Sin embargo, para recuperar eso sólo podemos hacerlo desde dentro.

 

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Felicidad blastocística, por Ana Feal

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